Las vitaminas. Las mamás estamos locas por ellas. Compramos leche con vitamina D, yogures con ABCD y lo que haga falta. Pon una vitamina en un producto infantil y será lider de ventas. Yo lo reconozco, me gusta ver los nombres de las vitaminas en los envases…es como si te garantizaran que tu hijo, gracias a tener la colección de letritas tendrá buena salud (lástima que eso, en realidad, nadie te lo pueda garantizar).
Pero eso no ha sido así siempre, hace años las mamás no sabían ni que eran las vitaminas…así pues ¿de dónde viene ésta obsesión?
A mediados del siglo XIX comenzó el convencido que la salud tenía mucho que ver con lo que comemos. Hasta aquí todo bien. El problema fue cuando millones de pseudoexpertos se pusieron manos a la obra buscando dietas mágicas que solucionaran todos los problemas. Se elevaron los alimentos, por encima de su papel alimenticio, al rango de sanadores. Entre otros lumbreras podemos citar a Sylvester Graham, llamado el profeta del pan integral y las calabazas. Fue quien empezó con la introducción de los cereales en el desayuno y la veneración de los alimentos no refinados. Tuvo muchos imitadores, entre los que destacó J. H. Kellogg quien ideó una nueva variedad de cereales…muy conocida aún hoy en día.
También hubo mujeres, como Sallie Rorer. Esta señora tenía algunas bestias negras, alimentos que según ella eran nefastos para el cuerpo humano como la mostaza, los encurtidos, la sal y el vinagre. Decía, entre sus argumentaciones “científicas”: “si la sal y el vinagre corroen el cobre ¿que deben de hacerle al delicado recubrimiento mucoso del estómago?”. Otro “sabio” de la época, un tal Horace Fletcher pregonaba que se debía masticar los alimentos hasta que perdieran su sabor e insistía en la necesidad de ingerir alimentos de bajo contenido proteico. La lista es larga y ha continuado sin pausa hasta la contemporaneidad.
En este ambiente, cualquiera se apropiaba de los descubrimientos científicos. Y aquí empieza la historia de las vitaminas y de la “alimentación equilibrada”. Estas sustancias que tienen los alimentos fueron una búsqueda científica casi de carácter alquímico, en busca del “principio vital”, un ingrediente esencial de los alimentos gracias al cual estos sustentaban la vida.
Las vitaminas comenzaron como ciencia y se convirtieron en moda, ya a principios del siglo XX. Se coleccionaban vitaminas. Tenías que comer alimentos donde pudieras conseguir todas las posibles. En la Segunda Guerra Mundial el tema de la alimentación se convirtió, más que nunca, en cuestión de estado. Los soldados comían “equilibrádamente” con bandejas compartimentadas para tener “todas las vitaminas”. Los ejércitos sanos garantizarían la victoria. También se propusieron planes nutricionales para niños…una nación sana tenía más posibilidades de ganar la guerra.
Pero fue la propia experiencia bélica la que desestimó todos los esfuerzos en la alimentación equilibrada y vitamínica. Resulta que paradójicamente en Gran Bretaña se demostró que aún y con la escasez de fruta y alimentos frescos durante la contienda, la salud pública mejoró notablemente.
¿Por qué? Pues porque gracias al racionamiento se distribuyó comida entre los más pobres. Porque las madres acudieron a los departamentos de salud de manera más habitual. Porque los niños de barrios marginales fueron trasladados a zonas rurales más saludables. Es decir, no era tanto qué comían sino el hecho de comer. Los experimentos realizados por nutricionistas lo confirmaron: No importaba el grado de refinamiento de la harina, si todos los niños comían pan cada día, de cualquier tipo, aumentaban de estatura y de peso.
En resumen, todo eso me hace pensar que no hay que obsesionarse por las vitaminas, por que coman equilibrado…hay que relajarse y disfrutar.
Comamos con alegría. Demos gracias por tener un plato en la mesa todos los días. Recuperemos recetas de nuestras abuelas. Amasemos pan con nuestras manos. Vayamos a coger cerezas al campo. Recojamos las lechugas de la tierra. Gocemos de probar sabores nuevos. No hagamos ascos a casi nada y preparemos combinaciones imaginativas. Vivamos a tope la experiencia de alimentarnos. Así, probablemente, nuestros hijos comerán como es debido.
(Este post se basa principalmente en los datos y reflexiones de un interesante libro, La historia de la comida. Alimentos, cocina y civilización, de Felipe Fernández-Armesto).


Todos hemos sucumbido en diferentes momentos de nuestras vidas a esta moda. ¿Quién no recuerda las pastilláncanas tamaño industrial de Redoxón que nuestras madres nos disolvían en agua cuando eramos pequeños? Y todo el protovit que les hemos dado a nuestros peques, eso sí, por prescripción médica. La Jalea Real en los cambios de estación…
Por no hablar de nuestra obsesión por aprendernos de memoria las tablas nutricionales para sabernos al dedillo qué alimentos tienen más hierro, calcio, fósforo y el largo etc. de vitaminas existentes.
Pero nadie nos habla de los prejuicios que tiene consumir vitaminas en exceso porque también los hay.
El exceso de vitamina C durante mi primer embarazo me produjo tantos cristales en los riñones que si me los hubieran sacado, hubiera podido hacerme un anillo.
Lo que a mí personalmente sí que me gustaría saber es si los suplementos alimenticios son necesarios en “estados de carencia nutricional” como dicen los bonitos anuncios publicitarios. Es decir ¿Es necesario tomar suplementos durante los embarazos, por ejemplo?
También hubo una moda en la que el ginecólogo aconsejaba planificar el embarazo con tiempo suficiente para poder tomar unos meses antes tanto ácido fólico como un suplemento multivitamínico.
Dado que mi hija pequeña tardó tanto en venir, yo tomé ácido fólico para parar un tren… vamos que estadísticamente, y era imposible que hubiera tenido ninguna malformación.