Como es bien sabido, especialmente por algunos colectivos de padres recientes, las vacunas no son obligatorias bajo nuestra legislación, de manera que la decisión de vacunar forma parte de las muchas decisiones que los padres deberán tomar en referencia a diferentes aspectos de salud, de educación y de dinámica vital de sus hijos durante su infancia.
Si nos apoyamos en la racionalidad, las vacunas han demostrado de forma sobrada su eficacia, su eficiencia y su efectividad en reducir enfermedades transmisibles evitando muertes y secuelas de diversa consideración consiguiéndose en el caso de la viruela, incluso su erradicación.
Pero los padres no vacunan a sus hijos basándose en la racionalidad. Ni siquiera en la confianza ciega o no que puedan tener en su pediatra. Los padres vacunan en función de un motor interno, el rey de la irracionalidad, que es el miedo. El miedo a la enfermedad hace que en la mayoría de los hogares, se vea la vacunación como uno de los grandes regalos en temas de salud que podemos hacerle a nuestros hijos, aprovechándonos de la circunstancia de que tuvimos la suerte de nacer en el hemisferio norte.
El rechazo a la vacunación también se explica con el miedo a las vacunas por un lado y con el no-miedo a la enfermedad por el otro. La ausencia de la vivencia histórica de las muertes por enfermedades prevenibles mediante vacunación hacen que sea fácil pensar que eso no le puede pasar a mi hijo, y menos si los demás llevamos anticuerpos protectores con el conocido efecto rebaño. Los movimientos antivacunas son occidentales, fruto de la sociedad del bienestar y de la riqueza, de considerar la salud un derecho de nacimiento y no un privilegio al que no tienen acceso millones de personas en todo el mundo.
Los factores económicos también son relevantes. Por un lado, los movimientos antivacunas alegan el enriquecimiento y las malas prácticas de las farmacéuticas como argumento para no “seguir su juego”. Es obvio que alguien hace negocio en mayor o menor grado cuando vacunas a tu hijo, pero también lo hacen los laboratorios que producen insulina y nadie se plantea que es indispensable para un diabético.
Por otro lado, los factores económicos impactan en la capacidad de las familias para asumir el coste de las vacunas que no están incluidas en la financiación de los sistemas sanitarios, a pesar de estar recomendadas por las sociedades científicas. Esa situación genera dolor en los profesionales que informamos (porque es nuestro deber hacerlo) de las bondades de la vacunas sabiendo que esa familia que tenemos en la consulta quizá no pueda asumir el coste. Otra baza más en la mesa de las administraciones públicas muy mal resuelta a pesar de que muchas decisiones sobre no incluir o incluso dejar de financiar algunas vacunas son pan para hoy y hambre para mañana.


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