
Desde el inicio de mi carrera profesional en el mundo educativo, tuve presente que el desarrollo emocional de los niños y niñas es el cimiento fundamental para garantizar sus aprendizajes. Si bien mi trabajo en educación emocional lo he aplicado a partir de los 3 años, no es menos significativa la dimensión que cobran los aspectos emocionales desde el momento de la concepción hasta los 3 años.
En la actualidad, la situación de las familias difiere, muy marcadamente, respecto a hace
20 años. Sometidas a estrés, prisas, apuros económicos, falta de tiempo, etc., sufren la carencia de respuestas emocionales adecuadas a realidad actual. En los Talleres con los padres, siempre surge el mismo interrogante ¿cómo lo hago? ¿Cómo controlo sus rabietas, su enfado? Y mi respuesta es siempre la misma: primero aprendiendo a reconocer nuestras propias emociones y aprendiendo a regularlas. Tarea muy compleja y para la cual no hemos sido educados. Y es precisamente en este punto donde familia y escuela tienen una labor compleja para llevar a cabo: ayudar a nuestros hijos y alumnos a ser competentes
emocionalmente. ¿Cuándo? Pronto…muy pronto.
En la etapa que abarca desde el nacimiento hasta el ingreso formal al Centro de Educación
Infantil, serán los propios padres, o cuidadores principales los encargados de comenzar a educar las emociones del bebé, ofreciendo un ambiente cálido, de contención, y de observación de los estados anímicos de nuestro niño o niña. De esta manera ayudamos a regular sus emociones; aprenderá a esperar, a tranquilizarse luego de un berrinche, y para ello debemos estar calmados, intentando que la situación no nos desborde. Los adultos somos los que debemos controlar la situación y no a la inversa.
Peter Salovey y John Mayer ya en la década de los 90 expresaron que la Inteligencia
emocional consiste en la habilidad para manejar los sentimientos y emociones, discriminar entre ellos y utilizar estos conocimientos para dirigir los propios pensamientos y acciones. Y precisamente tanto la familia como los educadores debemos iniciarlos, e iniciarnos en este proceso. Este concepto es el punto de partida para el conocimiento de nuestras propias emociones y lograr gestionarlas en forma correcta. A partir de ello podremos reconocer los estados emocionales en otras personas favoreciendo así el desarrollo de la autoestima, pilar básico en nuestro crecimiento personal. Para ser inteligentes emocionalmente debemos desarrollar determinadas habilidades socio-emocionales entre las cuales la empatía juega un
papel relevante.
En un primer momento seremos modelos, recordando que el “aprendizaje vicario” es una
de las primeras formas de aprendizaje de los niños. Son muchos los ejemplos de cómo ellos, a través de la observación, imitan a sus padres y aprenden valores, normas sociales, como manejar impulsos agresivos, como compartir, etc. En base a esta observación regulan su actuación, y de aquí la ingente responsabilidad que tenemos los adultos como “modelos emocionales”.
Antes que el niño desarrolle su lenguaje y aprenda a hablar, expresará sus emociones a través
de la risa y el llanto. Estas manifestaciones, incluso después de que el bebé logre la comunicación verbal, seguirán teniendo un rol importantísimo en su expresividad emocional.
Las primeras emociones el bebé las refleja en su cara y existen signos que nos dan referencia
1) Los signos faciales estáticos, son los propios de cada bebé y que los diferencian entre ellos.
2) Los signos faciales lentos que nos permiten determinar la edad aproximada del bebé.
3) Los signos rápidos que son aquellos que demuestran las emociones de los bebés, nos
permiten comprender qué le pasa y qué siente.
A través de estos signos, expresarán emociones como : el dolor, la sorpresa, la ira, el miedo ,el
asco, la alegría y la tristeza. El repertorio emocional irá “in crescendo”, será progresivamente más rico y variado, de acuerdo a las experiencias emocionales que los adultos les ofrezcamos. Caricias y arrullos que provocan placer, estímulos intensos que provocan dolor o miedo, sus primeras comidas que pueden rechazar con gestos de repugnancia, etc. Si bien los rasgos emocionales vienen definidas por el carácter, influyen intensamente la relación paterno-filial, el apego, y las propias emociones de los padres. Este aspecto está en relación directa con el tipo de modelo familiar: padres autoritarios, padres negligentes, democrático, etc. organizándose de esta manera la experiencia emocional individual.
A partir del momento que el niño comienza a hablar podemos enriquecer paulatinamente su
vocabulario emocional, mencionando emociones: “Mamá hoy está contenta porque… “, “Paula está triste porque….”, y así el niño comenzará a reconocer tanto sus propias emociones como las ajenas. La lectura de cuentos compartidos, además de favorecer aspectos como el desarrollo y enriquecimiento de vocabulario, también nos permite ofrecer, a través de sus personajes , qué sienten , qué situaciones atraviesan, cómo las resuelven. En la actualidad la Literatura Infanto -Juvenil ofrece un abanico de posibilidades muy extenso orientado precisamente al ámbito emocional. Juegos de imitación gestual, dibujos con diferentes
expresiones, canciones serán todas estrategias que como padres y educadores podemos ofrecer sin que exija un esfuerzo añadido a nuestro quehacer diario. A medida que el niño crezca, las propuestas educativas también serán más amplias. Al respecto, la escuela actual debe tener presente que no solo son relevantes las áreas instrumentales, sino que la Educación emocional debiera estar presente en todo el ciclo educativo, en virtud de su carácter transversal.
Al mencionar a la familia y a los educadores, debemos reflexionar acerca de la
tarea fundamental que tienen ambos como agentes socializadores. El bienestar emocional de los pequeños, al ingresar en un Centro educativo, también requiere del trabajo mancomunado y el acuerdo de pautas coherentes de crianza y educación. No podemos dar la espalda a esta realidad, sino que debemos reconocer que nuestra labor exige la colaboración de unos y otros. En la actualidad muchos Centros educativos están ofreciendo propuestas en forma de Escuela para padres, mediante talleres, charlas, conferencias a cargo de especialistas que resultan muy beneficiosas para nuestra labor como adultos. Sin
lugar a dudas, este modo de trabajar, “codo a codo”, facilita la labor de los docentes, tranquiliza a las familias al saber cuál es la propuesta educativa, y ayuda a potenciar el desarrollo motriz, social, cognitivo y emocional de los niños. No podemos dejar cabos sueltos en nuestra labor como adultos, no podemos permitir que las futuras generaciones no hayan aprendido a reconocer sus emociones, a canalizarlas y gestionarlas en forma óptima. Debemos asumir este gran compromiso que la sociedad actual nos demanda: educar en la responsabilidad, en valores, en ser empáticos, creativos, críticos, capaces de resolver conflicto, etc. Todo ello se consigue laboriosamente, con el aporte personal de padres y docentes.
Es un camino arduo, afanoso, pero que garantiza arribar a un puerto seguro y sociálmente deseable:
ADULTOS EMOCIONALMENTE INTELIGENTES.


Muy interesante todo lo que explicas, felicidades por el artículo. Trabajo con familias con hijos que presentan problemas de comportamiento hasta los 9 años. En mi experiencia, principalmente con padres primerizos y durante los tres primeros años de vida, las emociones son la base del aprendizaje. Por ello estoy desarrollando un modelo de intervención que tiene como base la salud emocional. Te dejo el enlace de uno de los artículos de mi webblog por si quieres conocer mi trabajo https://www.kash-lumn.com/el-bebe-y-su-mundo-emocional/
Un saludo desde Barcelona-España