Como cada año y en plena crisis, los comercios han sacado la artillería pesada del marketing para colocar sus productos navideños a los consumidores. Anuncios con estribillos pegadizos o la colocación de los dulces en el primer pasillo de la tienda por el que todos los clientes pasan obligatóriamente, sirven para recordarnos que las navidades están hechas para comer, en concreto riquísimos productos de pastelería y bollería tradicional y si es posible en gran cantidad y durante todo el mes previo a las fiestas.
A los adultos no hace falta recordarnos que los dulces navideños engordan y mucho. Sólo hay que echar un vistazo a las calorías que aportan. Que un polvorón pueda llegar las 200 calorías y que la mitad provengan de grasas, casi siempre saturadas (pues se elaboran tradicionalmente con manteca de cerdo), no sorprende ya a nadie.
No olvidemos que estos dulces navideños nacieron originalmente en regiones rurales, en las que el trabajo en el campo era la tónica y donde las frías temperaturas del invierno invitaban a sobrealimentarse para mantener el cuerpo caliente y activo. Se aprovechaban así productos como las almendras o la manteca, disponibles en abundantes cantidades y se les daba un uso con buen sabor y de sencilla conservación.
La forma de vida actual ha cambiado y como la mayoría de nosotros tenemos calefacción y realizamos trabajos más tranquilos que el agrario, el aporte calórico de estos alimentos los convierte en golosinas innecesarias e incluso sobrantes.
¿Cómo afecta a nuestros niños este desbarajuste alimenticio navideño, que cada vez más tiende a prolongarse desde noviembre hasta bien entrado enero? Pensemos en lo que suponen unas navidades para nuestros pequeños. Los típicos bombones del calendario de adviento, pralinés, polvorones, alfajores, frutos secos cubiertos de chocolate, mazapanes, turrones, panettones, pandoros, roscones con y sin relleno, bebidas azucaradas con gas ofertadas de manera alegre cuando los adultos tomamos alguna bebida alcohólica, o incluso “sustitutivos del alcohol” (como falso cava o falsa sidra) diseñadas para niños, cenas repetitivas cargadas de embutidos ibéricos cuyas sobras se reutilizan para la comida o las comidas del día o los días siguientes. Para los hogares más tradicionales hace aparición incluso el carbón dulce, que no es ni más ni menos que una roca de azúcar teñida.
Los problemas que más nos encontramos en consulta derivados de esta forma de comer navideña son los siguientes:
– Empachos. Niños y adolescentes que por probar un poco de todo lo que se expone en la mesa ante sus ojos, acaban repletos de comida y vomitando durante la noche.
– Desgana y mala alimentación. El niño que merienda dos polvorones llega a la cena sin ganas de tomarse el pescado y la verdura, y por supuesto un vaso de leche le parece demasiado.
– Ganancia de peso, en niños con sobrepeso u obesidad.
– Crisis alérgicas, debidas a la presencia inadvertida o mal etiquetada de frutos secos, frutas, semillas… en los productos. No sería ni la primera ni la segunda vez que un niño que sabe que no puede tomar nueces sufre una crisis alérgica tras haber tomado un “inofensivo turrón”.
– Empeoramiento de enfermedades previas, como en el caso de los niños diabéticos que sufren subidas de glucosa durante las fiestas.
Para intentar paliar estos problemas, desde aquí haríamos unas breves recomendaciones brotadas del sentido común. La palabra clave es “moderación”.
– No comenzar a comprar dulces navideños hasta que no se acerque la nochebuena, y dejar de consumirlos en cuanto pase el día de Reyes.
– Permanecer siempre atentos al etiquetado.
– Dar preferencia a los nuevos dulces elaborados con aceite de oliva en lugar de con manteca de cerdo.
– No comprar grandes cantidades. Los dulces sobrantes siguen consumiéndose casi otro mes más “por no tirarlos”. Es preferible comprar poca cantidad de buena calidad, que sucumbir ante ofertas tentadoras con bajos precios por kilo.
– Evitar ofertar los dulces a los niños de manera libre. Es decir, desterrar la típica bandeja de polvorones colocada sobre una mesa con libre acceso y disposición. Sacar los dulces solamente en la cantidad que se vayan a consumir (uno o dos, no la caja entera) y en el momento en que se vayan a tomar (en el postre o en el café).
– Evitar ofertar refrescos con azúcar a los niños, que sólo representan un aporte de “calorías vacías” y un peligro para el esmalte dental. Optar por refrescos sin azúcar o zumos naturales que aporten al menos vitaminas acompañando a los azúcares.
– Procurar que las vacaciones sean para nuestros niños un periodo de esparcimiento y ejercicio al aire libre que compense los excesos.
Siguiendo esas pequeñas directivas evitaremos sorpresas y disgustos y crearemos un hábito mejor en nuestros pequeños, para que en un futuro el marketing no les arrastre a ellos también.


Que magnifica entrada, concienciacion, buenos consejos, y mucho sentido comun que a todos nos falta en estas fiestas….lo tendre muy presente con mi enano….
Gracias Isabel!
Los míos se han puesto morados a mazapán sobretodo (viviendo en Toledo se han aficionado)….pero han seguido tu consejo de movimiento: todas las tardes con o sin frío y hielo patines y fútbol. Ellos, no la madre, je,je,je.